LA FORMA DEL AGUA, una de las mejores películas de Guillermo del Toro

RESEÑA
Foto por: Fox Searchlight Pictures

Una historia hermosa sobre el vínculo entre una mujer muda y un monstruo anfibio.

Con cada una de sus películas, el cineasta mexicano Guillermo del Toro continúa explorando su fascinación por los monstruos. Su trabajo más reciente, La forma del agua (The Shape of Water, 2017), proviene en gran parte de la tradición de las llamadas creature features, tales como King Kong (1933) o El monstruo de la laguna negra (Creature from the Black Lagoon, 1954), siendo esta última una de sus mayores influencias. En este tipo de películas, las historias suelen ser similares, con los humanos descubriendo a una criatura, la cual será vista como antagonista aunque en realidad los de nuestra especie se erigirán como los verdaderos monstruos por su codicia y sus acciones inhumanas. 

Con La forma del agua, del Toro crea una variante de este relato, imaginándose lo que hubiera pasado si en El monstruo de la laguna negra los humanos llevan a la criatura anfibia a la civilización. Si aquél clásico de 1954 se enfoca enteramente en la expedición en Sudamérica que da pie al descubrimiento del anfibio, La forma del agua evita mostrar esto e introduce al monstruo (Doug Jones) una vez que ha sido capturado por el coronel Richard Strickland (Michael Shannon) - también en América del Sur - y trasladado a un laboratorio operado por el gobierno americano en la ciudad de Baltimore. 

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Mientras que la criatura será vista como una posibilidad para que Estados Unidos se le adelante a los soviéticos en la carrera espacial (recordemos que la cinta transcurre en plena Guerra Fría), del Toro introduce también a sus inesperados héroes. De aquí surge otra gran variante respecto a las cintas de monstruos, porque del Toro decide ponerle atención a los underdogs, personajes olvidados que particularmente en esa época eran rechazados por la sociedad: una mujer muda que tiene que laborar como conserje del laboratorio (Sally Hawkins) y sus dos mejores amigos, una señora afroamericana (Octavia Spencer) - también conserje - y un viejo artista desempleado (Richard Jenkins) que sufre discriminación por ser homosexual. 

A partir de un escenario en el que el personaje de Hawkins decide liberar a la criatura, con la ayuda de sus amigos y de un científico de buen corazón que bien podría ser un infiltrado del gobierno soviético (Michael Stuhlbarg), La forma del agua lleva a nuevos territorios otra noción clásica del cine de monstruos: cuando surge un vínculo emocional entre un humano y la criatura. Del Toro no se enfrasca en una historia complicada sino que convierte un relato simple en una de las cintas más hermosas de su filmografía. 

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La riqueza está en el desarrollo de los personajes - cada uno, incluso el villano, con un trasfondo claro y relevante -, en la calidez y el humor que proviene de las interacciones entre ellos, y por supuesto en el romance central entre dos almas que, a pesar de ser especies diferentes, se complementan. En La forma del agua la protagonista se ha sentido, durante prácticamente toda su vida, como alguien diferente y vulnerable, por ende resulta muy natural cuando se ve reflejada en una criatura incomprendida, maltratada y, literal y figurativamente, sin voz alguna en medio de un juego político que en un abrir y cerrar de ojos se puede tornar inhumano. Del Toro y su extraordinario reparto logran conmover, fascinar, e incluso llegan a un desenlace que no se esperaría del cine de monstruos. El director mexicano ha concretado la película que siempre quiso hacer y nosotros se lo agradecemos. 

¿Por qué vale la pena verla?

La forma del agua es, sin duda, una de las mejores películas de del Toro. Le llega en el mejor momento luego de que sus dos anteriores largometrajes habían batallado en la taquilla americana. 

¿Por qué no vale la pena verla?

Hay algunas secuencias que podrían pensarse como exageradas (¿un musical con la criatura?), pero una vez que entendemos que del Toro está llevando la tradición de las creature features al nivel más romántico posible, simplemente debemos deleitarnos. 

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