El cine de Eugenio Polgovsky

NOTA
Foto por: Hubert Sauper

A propósito del estreno de su documental, Resurrección, recordamos la carrera de su director Eugenio Polgovsky.

Por Fabiola Santiago | @FabSantiago_

Una capa de espuma navega sobre un río. Danza, se arremolina, se deshace en copos que vuelan por el aire, mientras el agua corre debajo. El espectáculo sería hermoso, si no fuera porque es síntoma de la contaminación que destruye a las cataratas de Juanacatlán (Jalisco) y a toda la población que bebía, jugaba y vivía en torno ellas. 

En Resurrección, último filme del documentalista Eugenio Polgovsky, se observan estas imágenes, además de otras de archivo pertenecientes a una época en la que el paisaje que ahora se cubre de una espuma tóxica fue idílico. “El Niágara mexicano”, le llamaban. Las risas de niños de la zona en la época actual se sobreponen a imágenes en blanco y negro en las que un grupo de personas se divierten en un paseo a bordo de pequeñas balsas. Más adelante, más imágenes antiguas de un río generoso. Y, en lugar de risas, silencio. 

Ya fuera acompañando a los cazadores que viven entre la naturaleza y las carreteras (Trópico de cáncer), a los niños que trabajan en el campo (Los herederos), o a los pobladores afectados por el agua contaminada, Polgovsky supo tomar partido por diferentes causas sin ser aleccionador ni dogmático. Fue, por el contrario, uno de esos autores que comprenden que la imagen cinematográfica tiene su propia voz y, por lo tanto, puede inventar su lenguaje con una gramática particular que transmita esas inquietudes. 

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El agua contaminada se muestra lo mismo sucia que hermosa. Pero, con un contexto construido pacientemente, el espectador sabe lo que disfraza la belleza - hermanos de esta manera de conjugar la ignominia con lo poético están documentales como Batallas íntimas, de Lucía Gajá, o Tempestad, de Tatiana Huezo-. Después se revelan los estragos de la toxicidad en voz de los afectados, en momentos de una cotidianidad que se captura solo a través de una paciencia y respeto hacia quienes filma. Sin voces en off, recursos didácticos o imágenes violentamente explícitas, hay posturas claras en su cine, hiladas siempre a partir de la empatía, más que de la víscera o la condescendencia. 

El sonido -y la ausencia del mismo- es otro elemento clave de su lenguaje. La música tradicional en Los herederos, empleada frecuentemente para videos de promoción turística, hace su aparición mientras un niño pinta alebrijes y una niña elabora textiles, pero también cuando otros descienden de un camión antes de una jornada laboral en el campo. En lugar de vestir las imágenes, las notas musicales desencajan y cuestionan. Lo mismo hacen las risas que fluyen junto al río de Resurrección, y el caos sonoro que reina en las calles capitalinas de Mitote, que mezcla gritos de protesta con los de enajenación en la plancha del Zócalo. 

La mirada de todos está mediada por nuestro contexto y nuestra formación, pero en la puesta en escena construida por este director, la mirada no se nota hacia abajo ni hacia arriba, sino horizontal, transparente, brutalmente honesta, aunque eso implique dolor, angustia, o rabia ante lo que se mira. La sensibilidad es esencia y legado del cine de Polgovsky. 

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