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T2 TRAINSPOTTING o la fuerza de la melancolía

RESEÑA

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Renton, Spud, Begbie y Sick Boy, 20 años después.

Una película que tarda 20 años en ocurrir puede colmarse de riesgos, siendo la expectativa uno de los más complejos. Sobre todo si se trata de la secuela a una de las cintas más importantes de la década de los 90 y del cine independiente de los últimos 30 años.

Trainspotting se estrenó en 1997 y modificó la cultura pop, el cine y nuestra visión de una juventud ahogada en drogas y valores de vida para muchos atrofiados y, para otros tantos, acertados y distintivos de una época más contemporánea. La película, basada en la obra homónima de Irvine Welsh y dirigida por Danny Boyle, generó un movimiento de identidad dentro de la juventud. Choose life dejó de ser el lema de una campaña anti-drogas y se convirtió en el lema de jóvenes que como Mark Renton, personaje principal de aquella cinta, creían en la individualidad, el cinismo y el abuso de estupefacientes. 

Pero T2 Trainspotting: la vida en el abismo  es una cinta diferente para una década diferente. La revolución digital, las drogas de diseño, la música y los medios han cambiado drásticamente, rompiendo las formas tradicionales de ver las cosas, de formar una opinión de nosotros mismos y de madurar.

En este contexto encontramos a los personajes que conocimos hace 20 años. Renton, Spud, Sick Boy y Begbie (interpretados nuevamente por Ewan McGregor, Ewen Bremner, Jonny Lee Miller y Robert Carlyle, respectivamente) ahora son adultos de casi 50 años, tratando de adaptarse a un mundo que los abandonó con su vertiginoso ritmo. Después de huir con el dinero y traicionar a sus amigos, Renton viaja a Holanda en donde comienza una nueva vida, encuentra el amor, un trabajo convencional y una nueva adicción al deporte; Spud lidia con las dificultades de ser padre de familia y seguir siendo adicto a la heroína; Sick Boy ha encontrado nuevas formas para estafar mientras mantiene un antiguo y abandonado bar; y Begbie cumple una condena de 20 años, pensando únicamente en el momento para vengarse del amigo que arruinó su vida. Renton vuelve a Escocia después de ser diagnosticado con un problema del corazón para enmendar algunos aspectos del pasado y reencontrarse con sus viejos amigos, con quienes deberá revivir el pasado para corregir el presente.

En T2, Renton es el motor de la historia, sin embargo, no es su narrador. Esta vez no entramos en su mente, no escuchamos su voz describiéndonos la historia y no nos sentimos “erróneamente” orgullosos y victoriosos con el actuar del personaje. Mark regresa como un motivo para contar la historia de los otros personajes, quienes juegan un papel más importante en la historia. Y Danny Boyle ha elegido separarnos de Renton porque la finalidad de está película es diferente a la de su antecesora: esta es la historia de 4 jóvenes que han fracasado como adultos y que no han aprendido nada de los errores del pasado. Sus dilemas, sus necesidades, su día a día sigue siendo el mismo. Esta es una historia para los jóvenes que vieron la primera película y comparten los problemas de este grupo de adictos cuarentones: la incapacidad de tener una relación, una carrera exitosa, dinero constante, una familia y la búsqueda de soluciones fáciles. 

Es ahí donde la secuela cumple con las expectativas del público al que va dirigida. Boyle juega con el poder de la nostalgia para hacernos revivir la historia de los personajes y la propia. Nos hace volver a su pasado (y el nuestro) a través de pequeños momentos de la primera cinta, un par de notas de canciones del soundtrack original –en una escena podemos ver a Ewan McGregor tratando de reproducir el clásico Lust for Life  de Iggy Pop en una tornamesa e interrumpiéndola inmediatamente después del sonido del primer acorde– y con situaciones que les dan oportunidad de corregir, si no su futuro, los errores del pasado.

Las actuaciones de todos son excelentes. McGregor, Carlyle, Lee Miller y Bremner han madurado correctamente a los personajes, no sólo han regresado a ellos. Y este es un gran acierto que le da más credibilidad a la película. Otro más es el soundtrack, que seguramente inmortalizará algunas canciones (apostamos al menos por Silk  de la banda Wolf Alice y Rain or Shine de los escoceses Young Fathers) pues Boyle es un director que sabe usar la música en favor de su narrativa. Sin embargo, quizás el único detalle que encontramos meloso –y cada vez más común en las películas de Danny Boyle– son una serie de flashbacks entre el presente y la infancia de Renton y compañía.

La melancolía es un arma poderosa, y Boyle nos ha demostrado con T2 Trainspotting: La vida en el abismo que, correctamente usada, puede ser el motor para contar grandes historias, hacernos vivir el pasado y pensar que después de todo, el presente no es tan malo como parece. Choose life.